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¿Deberían otros corregirte o solo Dios puede hacerlo?



El ser humano por naturaleza comete errores y fallas, que necesitan ser corregidas o modificadas para que haya un avance y un crecimiento integral.

En el caso del evangelio, todo creyente está sujeto a una autoridad espiritual, la cual Dios ha designado para que le dirija y le ayude avanzar.


Sin embargo, una de las causas más comunes por las que muchas personas se van de las iglesias es porque no les gusta que corrijan sus errores.

 Hay fallas en ti que desconoces

«¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos», Salmos 19:12.

El salmista David, entendía que el ser humano por sí solo no puede entender sus errores, y por ello le pedía a Dios que él le librara aún de lo que estaba oculto en él.

Es decir, que hay malas actitudes que el hombre por sí solo no puede ver en sí mismo, por lo que es necesario que Dios use otras personas que le hagan ver y entender en que está fallando.

Cuando aceptas la corrección vences la soberbia

«Preserva también a tu siervo de las soberbias; Que no se enseñoreen de mí; Entonces seré íntegro, y estaré limpio de gran rebelión», (Salmos 19:13).

La soberbia es un sentimiento de valoración propia, acompañado de orgullo y estimación superior a los demás.

Una persona soberbia, es aquella que no acepta ser corregida porque se estima «el mejor en todo lo que hace» y no acepta consejos de quienes estima inferiores a él.

Cuando alguien acepta que está cometiendo una falla, le está dando un «golpe bajo» a la soberbia y el orgullo.

Es por ello que la mejor opción es recibir el consejo de aquellos que quieren ayudarle a mejorar.

La amonestación es como un bisturí

La amonestación cumple una función parecida a la del bisturí, ya que en su primer contacto hiere y causa dolor; pero una vez sanada se convierte en una cicatriz producto de un procedimiento necesario.

«Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados», Hebreos 12:11.

Mantén siempre un corazón grato

El creyente debe mantener una actitud de humillación en todo tiempo, sabiendo recibir el consejo de otros y no dejarse llevar por su propio razonamiento.

Su corazón debe estar limpio y puro delante de Dios y los hombres, reconociendo sus errores y pidiéndole al Señor que le ayude a tener un corazón dispuesto aceptar los errores.

«Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, Oh Jehová, roca mía, y redentor mío», Salmos 19:14.


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